“Perdón por los pochoclos”


Cuando uno tiene un bebé organizar una salida es más que complicado, y más si uno es padre soltero. En este caso ir al cine es casi un imposible, pero por más que resulte difícil se puede, aunque no por nada no se cobra la entrada de los menores de dos años: Porque son un dolor de huevos y nadie los lleva. Para demostrarlo, haré una breve crónica de mis típicas salidas al cine con mi hijo y espero que nadie se asuste. Arribamos al shopping cerca de las 10 de la mañana, en ese horario no hay mucha gente que se pueda quejar demasiado de nosotros y tenemos tiempo de ir a los juegos que los nenes siempre quieren, al igual que comer la comida rápida que ellos quieren, con el juguete que ellos quieren. Al entrar nos dirigimos al área de comidas porque falta un rato para que abran los juegos y vamos a aprovechar para desayunar. No hay cajera y después de varios minutos cuando aparece una tiene cara de dormida y no se da cuenta de que vos ya no podes más con un nene de 15 kilos en brazos. Entramos al sector del pelotero para usar las mesas cercanas mientras intento hacer equilibrio con la bandeja que tiene dos té hirviendo y seis facturas. Logro depositar al nene en una silla, la mochila en otra y a la bandeja en la mesa sin derramar una gota ¡Bravoo!! No cantes victoria antes de tiempo, apenas se sienta el nene se quiere acomodar y te vuelca tu té en la entrepierna.  No pasa nada, lo peor sería no tener más hijos. Sufrís en silencio y te guardás el “La put…” porque si no él lo repite. Te limpias y justito cuando vas a meterte una factura en la boca el nene te dice “A los juegos papá”. A una velocidad extraordinaria se ha comido ya no solo sus tres facturas sino que también el resto de las tuyas y ya quiere jugar. Lo acompañás a la entrada del pelotero y ves que desaparece por un tubo anaranjado. Ufff!!!, exclamás relajado, pero ni en pedo te dura. A los dos minutos escuchás unos golpes secos y la suplica “Ayuda papáaaa”. ¿Qué pasó? Gritás asustado pero él continúa llamándote. Te trepás como podés al tubo, la mitad del cuerpo te queda inutilizada pero seguís reptando hacia el interior de ese nido de ácaros y moco infantil. Finalmente lo ves, ahí, sentadito, simplemente perdió un zapato y te mira con cara de desentendido. “¿Por eso me llamaste hijo?” Decís con un tonito medio resignado medio caliente. “Vení papá, vení” te dice con su adorable voz y no te queda otra que continuar hasta la salida. Pasás a los pingos por la ventanita transparente deseando, rezando que ninguno te vea ahí adentro, te tirás por el tubo con el bebé hasta el pelotero y justito cuando vas a salir, justo cuando esa cámara lenta del avanzar entre las pelotitas parece acabar, una de las empleadas se te acerca y te dice irónicamente “Los juegos son sólo para los chicos”. “Gracias” le decís antes de irte a la mier## y caer en medio de las pelotitas. Salís reptando con cara de vergüenza. “Otra vez, otra vez” te grita el bebé y todos los que pasan por ahí se dan vuelta para ver tu papelón. Pasamos a los juegos, cargamos la tarjeta con $50 pensando idiotamente que va a sobrar y empezamos el recorrido. “Este papá, ese, este , aquel”, y parece que todo juego por el que pasás es el mejor del mundo para el chico, pero lo cierto es que a menos de 2 segundos se aburre y lo deja funcionando. Se raja cuando el juego no va ni por la mitad porque ya vio otro que está mejor. Batimóvil, helicóptero, burro, El Rayo McQueen, etc. son todos re copados por 3 nanosegundos, pero después ya fue. Cuando te querés dar cuenta ya estás cargando otros $50 y te preguntás para no repetir, ¿en qué juegos se fueron los otros $50?


Es hora del cine. “¿Qué peli querés ver hijo?” le decís emocionado y él elije una de haditas o enanitos violetas que cantan durante dos horas y media. “¡¡¡Genialllllll!!!”. Te acercás a la boletería y le pedís un adulto y un menor para Ironman 3. Antes de entrar compramos los pochoclos y la bebida tamaño extra grande. Le pagás a la chica como podés porque te cuesta sacar la billetera del bolsillo con el bebé en brazos. Después de unos minutos en los que ella te mira con cara de impaciente lo lográs y te dan la bandeja. Nadie se percata que otra vez tenés que hacer equilibro con el bebé. Entregás la entrada y cuando vas a entrar a la sala sentís un olorcito que no son los pochoclos recién horneados. Hay que cambiar al bebé y en el baño de hombres no hay cambiador. Como podés apoyás el cambiador portátil en el lavamanos y rezás que no entre nadie. Lo limpiás y cuando estás por terminar el nene mete la mano en el pañal sucio y te mancha la remera de porquería. “Asi es la vida” solo te queda decir, y continúas vistiéndolo. Cuando terminás de meter todo en el bolso te dan ganas de orinar, asi que te acercás a un urinal y con una mano tenés al nene a un costado y con otra hacés lo que tenés que hacer, pero se te zafa y sale corriendo al pasillo. Te subís la bragueta a mil por hora sin descartar que se moje todo un poco y salís atrás de él a toda velocidad. Hacés 10 metros y no lo ves, volteás y esta paradito justo en la pared al lado del baño. “Vamos papá” te dice angelicalmente. Procedemos a entrar a la sala con la bandeja  de mil kilos, pero antes pedimos un asientito de bebé que es un molde de plástico para que queden más altos en la butaca. Nos sentamos, acomodás el bolso, la bandeja, al nene en el asiento alto y suspirás. No te acomodes, el nene pide sacar del bolso a los 50 muñequitos que trajo para jugar y pretende comer pochoclos encima tuyo. Lo sentás en tus piernas y ves que un par de antisociales entran atrás tuyo. “Que ninguno se siente adelante pensás angustiado”, pero desafortunadamente pasa. La primera tanda de pochoclos va a parar a su cabeza y tu hijo no se da ni cuenta mientras se mete mano tras mano de comida en la boca. Saltan pochoclos por todos lados, en el piso, la ropa, las butacas, la gente. “Perdón por los pochocos” te limitás a decir, pero lo que en realidad querés decir es “Perdón por traerlo al cine, no tenía a nadie con quien dejarlo”.  Empieza la película y parece que todo va bien, el nene tranquilo hasta que se acaba la comida y la bebida tamaño jumbo jet. “Otro lugar papá” te dice y se baja corriendo. Recorre el pasillo de arriba a abajo y se mete entre las primeras filas. Vos bajás la cabeza y lo seguís lo más sigilosamente posible, pero ya escuchás a un par puteándote por el medio de la sala. Nos sentamos adelante y parece que la cabeza nos va a estallar de lo grande que se ve la pantalla. Una ligera convulsión por el tamaño de los subtítulos y todo parece seguir bien. Mirás a un costado y desapareció. Volteás y está subiendo las escaleritas hacia los asientos más elevados. Salís corriendo y tu sombra se proyecta como la de un pelotudo desesperado (y lo sos). Llegás a tiempo y te pide sentarte en la escalera. Nos quedamos ahí jugando con los muñequitos y nos perdemos partes importantes de la trama. Empieza a fastidiarse porque le da sueño y lo tenés que agarrar en brazos para calmarlo. Subís y bajas las escaleras, subís y bajás. Se durmió, pero también evacuó la bebida gigante que le rebalsó el pañal y te mojó todo el pecho. Bajás a tu lugar y te sentás como podés. Es el final y no hay que perdérselo. Ves lo que queda de los pochoclos y te da hambre pero tenés la mano llena de orina por sostenerlo. Los mirás por segunda vez y ya no te importa nada. Estirás la mano y agarrás un puñado bien grande para metértelo en la boca lo más rápido posible. Sabe agrio y un maíz sin cocinar te rompe una muela, pero no importa, es el final y lo estás viendo. “¿Y ese cuándo murió?”, no importa, la peli termina y empezás a juntar todos los juguetes desparramados por la sala. “¿Dónde está Mickey?” pensás como un idiota hasta que te rendís y preferís comprarle otro. Bajás la rampita con el bebé, el bolso y la bandeja con el balde de pochoclos porque cuando se despierte los va a pedir. La puerta doble está cerrada pero es algo de siempre. Son las clásicas tres patadas, una para meter el cuerpo, otra más fuerte para abrirla del todo y pasar y una tercera de taquito para que no te golpee la espalda cuando regresa. Dejamos la bandeja en la entrada, bajamos a tomar un taxi y hay media hora de espera. Hace frío y no te pudiste abrigar porque el nene sigue en brazos. Lo único que hiciste fue ponerle la camperita encima para cubrirlo y la tuya por las dudas. Es tu turno y tratás de entrar en el asiento trasero sin golpearle la cabeza, sin perder el bolso o los cuatro pochoclos que te quedan en el balde. “Necesitás ayuda pibe” te dice el taxista e irónicamente le decís que no, que vos podés con todo. Llegás a tu casa y la misma escena con la diferencia de que te tenés que contornear para sacar la plata de la billetera para pagar. Sacás las llaves de la casa y te las ponés en la boca para poder acomodar todo antes de ponerla en la cerradura. Entrás y los perros se te tiran encima, los gatos te arañan la pierna por un poco de atención y el teléfono de línea suena como loco. “Hola papá” te dice tu hijo con cara de ya dormí lo necesario para joder hasta las doce de la noche. “Hola hijo” decís con tu mejor cara de póker y en ese momento te das cuenta de que a pesar de todo este fue uno de los mejores días de tu vida. Porque ser papá es reír y llorar a la vez. Quedan pocas horas de luz y probablemente tengas que trabajar toda la noche, pero digan lo que digan valió la pena y su sonrisa lo dice todo. Hacerlo feliz es lo principal y lo demás no importa.

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