A la mierd#, qué difícil es ir al baño


Enseñarle a tu hijo a ir al baño es una de las cosas más difíciles a las que se tiene que enfrentar todo padre primerizo, porque cambiar un pañal con caca diarreica es muy, pero muyyy diferente a limpiar un tereso de un tamaño casi comparable con el de uno mismo. Y es aquí donde entra el término “mierd#”, porque ya no se trata de esa caquita de pura leche o papilla, sino de un engendro deforme con pedazos de choclo y siempre alguna otra cosa que no sabes en qué momento fue ingerida. Un ser casi vivo que te mira desde el fondo de la pelela y te dice “Sí maldito, mirá el desastre que hice y ahora vos tenés que limpiarlo”. Y es ahí cuando el papel higiénico en la mano te tiembla y te preguntás, ¿Cómo mierd# mis viejos hicieron esto?


 ¿Hay acaso una guía milenaria sobre cómo limpiar la popó de tus hijos? Y fue entonces cuando lo comprendí: a ningún padre le gusta mencionar demasiado la palabra mierd#, caca, popó, como si se tratase de un tabú que al decirlo invoca una reacción en el infante. EJ: “¿Mi amor te hiciste caquita? Nooo”, contesta el niño muy seguro, y a los dos minutos un resonante gas te demuestra a ciencia cierta que te estaba mintiendo, pero una vez que el tren sale del andén no hay forma de meterlo de nuevo.

Todo el mundo dice “dejalo, cuando se sienta sucio vas a ver como aprende a avisar”, pero es malditamente mentira, no les importa nada. Los ves ahí, con el pañal lleno de porquería o con el calzoncillo hediondo y parece que les gusta, que disfrutan llevar ese hedor, esa tóxica putrefacción natural que te causa vómito. “Vamos a cambiarnos bebé, vamos al bañito”, pero el desgraciado te esquiva, no se deja agarrar, olé, y pasas para un lado, olé, y pasas para el otro. “¡¡Dejame sacarte esa porquería!!” gritas desaforado porque parece que está a punto de esparcir todo por el piso de madera, y es justamente allí cuando revelas tu más grande debilidad. El pequeño maldito se desabrocha el pañal y te amaga con dejarlo caer. “Lo dejo, lo dejoooo”, te jode el desgraciado y cuando lo suelta llegas con una mano justo a tiempo para agarrarlo. Ufff, menos mal. Pero no es el fin, el niño hace una finta y se dirige directo hacia tu cama, a ese acolchado con florcitas que tejió tu abuela a mano hace 70 años. ¡Noooooooooooooo!! gritas y corres en cámara lenta, lo rodeas con ambos brazos antes de que su hediondez toque la tela y caes sobre la cama con el niño encima. Gracias dios, dices aliviado mientras el niño ríe porque él sabe que salvaste el acolchado, pero ahora eres tú el que está todo manchado de suciedad.

“¿Jugamos otra vez papá?” dice todavía con olor a cloaca y un andate a la mier... se te atora en la garganta. Benditos aquellos que defecan a conciencia.

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