En la cocina los Papás somos unos papas fritas




 La expresión papa frita, para quienes no la conocen, es un término simpático que no intenta ser tan agresivo para referirse a una persona con pocas luces, en vez de decirle que es un tonto/a. Es una derivación del modismo “papanatas” que se utilizaba en los años 40/50, y que fue actualizado.

Este modismo es la cruda y triste realidad de lo que somos los papás al momento de alimentar a nuestros hijos, porque no solo es evidente que no sabemos cocinar, sino que lo peor es que a veces parece que no nos importa lo que se meten a la boca. Es muy común que un padre sea regañado por su pareja por darle dulces o comida chatarra a sus niños antes de la cena, o llevarlos sorpresivamente a comer afuera y terminar en un local de comida rápida.

Pero no se angustien madres, no es que no nos importe, es simplemente que no entendemos el valor de la comida. Una buena comida mantiene a los niños saludables, les hace probar nuevos sabores, los mantiene en su peso correcto, y les permite tener todas las vitaminas que necesita. Pero para nosotros los hombres simplemente es una forma de tortura, porque si nuestro niño no quiere comer sus vegetales, ¡¡al demonio!!! Se los damos al perro, si nosotros hacíamos lo mismo de pequeños. Y es por eso que no hay que confiar en nosotros a la hora de la comida.

Además, cada vez que intentamos cocinar parece que nuestro cerebro procesa 2 tipos de cocción a) Asar en la parrilla b) Fritar. Nunca se nos va a ocurrir hacer pollo hervido con vegetales o tallarines con salsa blanca, nosotros hacemos papas fritas, salchichas o carne rostizada. Y lo peor es que cuando emprendemos esa tarea no podemos hacer nada más. Yo intento ser un padre moderno y hacer miles de cosas a la vez, pero 2 de cada 3 veces que hago una fritura o algo en la parrilla lo quemo, porque no me quedo a vigilarlo. Pongo todo en la sartén y no puedo ponerlo a fuego lento, noooo, que va, los padres queremos todo rápido, fuego máximo que seguro que nuestro olfato primitivo nos advierte cuando está listo. Pero justo en ese momento el niño tira la mesa que ya estaba servida por inclinarse demasiado para tomar su vaso, así que lo limpio rápidamente, pero el perro toma el mantel y sale corriendo justo a revolcarse al fango del jardín delantero. Cuando lo persigo siento la alarma de la heladera (nevera) y corro adentro para ver al pequeño intentando tomar una botella de uno de los compartimentos. - “¿Qué haces hijo?” - “Tengo sed papá”. Le sirves agua y el pobrecito toma como un animal deshidratado, pero inclina tanto el vaso que se vuelca todo encima. “¡Estoy todo mojado!” – grita, y yo sé que la comida ya debe estar, pero él llora desaforadamente hasta que le pongo algo seco. Me apresuro a la sartén y doy vuelta la carne (milanesa, pollo, lo que sea). “¡¡¡Maldita sea!!!”, ya la quemé de un lado, pero aún queda el otro, quizás lo pueda raspar, no está tan mal. Vuelvo a acomodar la mesa, pongo a mi hijo con la computadora y empiezo a hacer la ensalada. Corto rápido el tomate pero el nene me dice “Yo no quiero tomate, quiero zanahoria rayada”. A rayar a toda velocidad entonces, pero ya empieza a salir humito otra vez de la sartén y en la desesperación de sacarla me corto con el rayador. ¡Pero la gran put…!!!, me muevo rápido y tiro sangre por todas partes, el nene, el perro, me asfixia el humo y la cocina se asimila a una escena de “The Walking Dead”. El nene grita, el perro lucha por lamerme la sangre de la herida y no sé cómo quitármelo de encima. Saco la carne, pero es tarde, ya se quemó bastante, aunque el medio se salvó. ¡Yupiii!! Corto esa parte para que al menos él coma y la pongo en la mesa. ¡¡¡A comer hijo!!! Separo la parte de la ensalada que no fue condimentada con glóbulos rojos y espero que la mayonesa le de un poco de sabor a todo. “¡Lávame las manos papá!”, me grita como si fuera un pecado divino olvidarlo. Vamos al baño, tarda mil años en lavarse y por poco parece que se va a meter dentro del lavamanos. Cuando regresamos a la mesa el gato está lamiendo la carne. ¡Jodidas mascotas! Trato de pensar que su lengua no es algo tan sucio, pero recuerdo que hace un rato lo vi comerse una cucaracha. 

“¿Quieres panchos (perros calientes) hijito?”. Y así volvemos al principio. No sabemos cocinar y si supiéramos nos costaría demasiado con los niños. Nos distraemos fácilmente y ese error en la cocina no se puede cometer. Mejor seamos felices y disfrutemos de los juguetes de las cajitas infantiles que dan los locales de comida rápida. Después de todo carne quemada o gusanos molidos da lo mismo, y ¿qué es lo peor que puede pasar? Ahh, si, Escherichia coli, entonces olviden ese final, sigan cocinando para sus niños que en algún momento van a mejorar y con suerte para cuando lo hagan ya estarán terminando el colegio secundario.

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