“¿Ya llegamos?, ¿Ya llegamos?, ¿Ya llegamos?, ¿Ya llegamos?...”

Para la gente sin hijos las vacaciones representan un espacio de relajación, distención y descanso. Un momento para olvidarse de todo y disfrutar. Para la gente con niños pequeños también significa olvidarse, pero olvidarse de descansar y relajarse; aunque es imposible decir que de todas formas no se disfruta porque todo lo que haces con tus hijos es grandioso.

Ir de vacaciones con los niños inicia con la inigualable lucha en el viaje, los clásicos gritos de no toques eso o eso no se arroja, o el infaltable ¡Si no te calmas nos volvemos a casa! (con espuma en la boca). Es un viaje soñado de seis u ocho horas, repetidas paradas para cambiar pañales, bajar al perro al baño, escuchar mil veces “¿Ya llegamos?”, y olvidarte por completo de tu higiene personal porque al final del camino terminas hecho una basura.

En mi caso una demora de tráfico por un choque de un camión de combustible (que no explotó como en las películas), un piquete y una salvaje tormenta inesperada se sumó a esta fabulosa aventura motorizada para terminar de condimentar la cruzada ideal.

Bajar en una estación de combustible con mi perro ovejero de 50 kilos y mi hijo de 16 kilos en brazos fue una tarea hercúlea. Y ni hablar de orinar mientras uno ladraba desesperado afuera y el otro se quería zafar de mi mano para agarrar una pastilla del mingitorio (y por cierto lo logró).


 Elegir el lugar vacacional tampoco es cosa fácil, la playa, las montañas, el lago, el río, o el centro comercial más cercano, porque los lleves a donde los lleves seguramente se van a aburrir de lo que están haciendo después de dos minutos.

¿Cómo convences a tu hijo de que en el apartamento no tienes los 250 canales de cable que tienes en tu casa o que no pudiste cargar en la maleta sus 90 figuras de acción? La clave es entretener, innovar, crear, y sobre todo fracasar. Porque no importa cuánto hagas te van a pedir más. Más helado, más castillos de arena, más videojuegos, más nadar, más títeres, más paseos, más todo.

Entre mis ideas se destacan esconder un cofre con monedas de chocolate en la playa que luego no podía localizar para desenterrarlo (acudí a mi fiel perra Lola por ayuda), caminar tres kilómetros con él montado en el cuello hasta el muelle (ignorando el chorro de orina que se deslizaba lentamente por mi pecho) y aprender a pescar juntos, porque una de las cosas que nos corresponde es mejorar y hacer cosas por ellos que antes no hacíamos.
Todos los días hay un nuevo plan y de tanto planear se pasan los días. Quedan de lado esas caminatas a la luz de la luna, esas cenas en restaurantes elegantes o ese libro que tantas ganas tenías de terminar. Pero al menos golpeaste a un pato con un pan, porque de pescar ni hablar, y un poni te mordió la nuca como si se tratara de una manzana acaramelada.
A veces se pierde y a veces se gana, y otras simplemente se disfruta porque su risa espontánea, su cara de asombro y su carita durmiendo son impagables. Que lindo que es agotarse haciendo feliz a tu hijo. ¡Felices vacaciones a todos!

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